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En el episodio 256 de TDK 90s, seguimos escuchando los discos editados en noviembre de 1995. Suenan discos de lo más variado, desde Bruce Springsteen a LL Cool J y Aguirre.
Bruce Springsteen – The Ghost Of Tom Joad

A fines de 1995, Bruce Springsteen publicó The Ghost of Tom Joad, un disco acústico e íntimo grabado en su propio estudio casero en Los Ángeles. Venía de una reunión fugaz con la E Street Band y de un Greatest Hits, pero algo se había encendido: escribió y grabó las canciones en apenas seis meses, entre marzo y septiembre. El resultado fue un álbum minimalista, en el que Springsteen vuelca su costado de narrador folk y cuyo título se inspiró en Las uvas de la ira de Steinbeck. Para algunos, era su mejor trabajo en una década, muy emparentado con Nebraska, su disco acústico del 82; para otros, era demasiado oscuro y despojado por demás.
Lo cierto es que Springsteen había elegido un camino opuesto al optimismo de los 90: narrar historias reales, muchas sacadas de noticias, sobre migrantes, trabajadores precarizados y un país que prefería no mirar a quienes quedaban afuera del sueño americano.The Ghost of Tom Joad nunca buscó consenso ni hits: fue un regreso consciente al espíritu de Nebraska, un intento de entender por qué, más de una década después, la distancia entre ricos y pobres era aún mayor. Un disco duro, sí, pero también uno de los más humanos y compasivos de su carrera.
LL Cool J – Mr. Smith

Después del tropiezo de 14 Shots to the Dome, LL Cool J apareció con un nuevo disco, titulado Mr. Smith, y volvió a poner su nombre en lo más alto del hip hop. Era su sexto disco, pero sonaba como un renacer: elegante, seguro, lleno de colaboraciones que iban desde Boyz II Men hasta Foxy Brown. Este álbum marcó un regreso a aquello que siempre lo hizo brillar: la versatilidad. El tipo podía pasar de la dureza callejera a la balada seductora sin perder credibilidad, sin forzar un gesto.
Las críticas lo recibieron como un regreso a forma: producción sólida, letras afiladas, y ese equilibrio extraño entre el “lyric spitter” feroz y el romántico que guiña un ojo. Y aunque Mr. Smith tiene momentos duros, su mayor fuerza aparece cuando baja el pulso y se vuelve insinuante. “Hey Lover”, el dueto con Boyz II Men, lo devolvió a los primeros puestos de los rankings y confirmó algo que muchos sospechaban: LL no había perdido el filo, solo necesitaba el espacio correcto para volver a mostrarlo.Ese mismo año empezó a actuar en la sitcom In the House, demostrando que una carrera larga en el hip hop era posible, incluso cuando todos decían lo contrario.
Radish – Dizzy

La búsqueda desenfrenada por encontrar a los nuevos Nirvana en los 90s terminó cuando apareció la banda Silverchair. Ahí estaba un grupo adolescente con un pibito rubio de voz más adulta haciendo un sonido grunge de segunda generación, más de fórmula que de corazón, pero efectivo. La industria musical dijo: este es el modelo de los nuevos Nirvana, y salieron a buscar los nuevos Silverchair. Así se encuentran los ejecutivos de Mercury Records con la banda Radish de un jovencísimo Ben Kweller, un músico que años después iba a construir una gran carrera como solista. Pero en aquel momento era sólo un adolescente medio grunge que sólo quería componer y grabar sus canciones. En 1995 editan su segundo disco independiente llamado Dizzy y fue ese el disco, además de las fotos de la banda, que convencieron a los reclutadores de firmarles contrato. El sonido del disco es desprolijo y crudo, y con las influencias muy marcadas, y toda esta sobreexplotación de la banda y el filo Nirvana-Silverchair los iba a terminar de destruir en muy poco tiempo.
Aimee Mann – I’m With Stupid

Aún las cantantes y compositoras del pop más artístico fueron seducidas por la escena del rock alternativo de los 90s. Cuando Aimee Mann comenzó a pensar en su segundo disco, I’m With Stupid, todo lo que sonaba en la radio eran canciones llenas de distorsión y hip hop. ¿Y por qué no incorporar algo de esto a mi sonido? Pensó, y lo hizo. La ayuda que su timbre y su energía encajaban perfecto y rápidamente se convirtió en la artista pop favorita de muchas de estas bandas que a la vez la habían influido a ella. Del hip hop se lleva algunos beats, ella no rapea, pero del rock alternativo tomó más elementos, no sólo las guitarras distorsionadas. Y se inspiró en Liz Phair y Beck como dos faros que le permitieron explorar su costado más agresivo y a la vez experimental.
Custard – Wisenheimer

La banda australiana Custard cumplió uno de sus sueños en 1995, fueron a grabar su tercer disco Wisenheimer a Estados Unidos. En particular lo grabaron en la ciudad de San Francisco y en un estudio muy especial, el Hyde Street Studios, donde Creedence Clearwater Revival grabó en los 70s y donde en ese mismo momento del 95 estaban también los Green Day grabando. Pero lo que más los sorprendió de su paso por Norteamérica no fue el estudio sino el shock cultural de poder comprar cerveza en el supermercado, porque como buenos australianos eran lindos borrachines. Pero hubo otro aspecto que los sorprendió más, el queso era amarillo radioactivo y la manteca era blanca pálida. Y entre cervezas, quesos y manteca, grabaron su disco más pulido, nacido de la cruza entre el ingenio pop de Pavement y la furia de los Pixies.
The Notwist – 12

Los hermanos Markus y Michael Acher crecieron tocando jazz tradicional con su padre, se enamoraron del hardcore americano en la adolescencia y armaron The Notwist, allá por el año 1989 en Alemania. Con los años, las influencias se mezclaron, aparecieron proyectos paralelos, colaboraciones, discos experimentales… y todo eso empujó a la banda hacia un sonido que nadie más estaba haciendo. En 1995, lanzaron 12, un disco que hoy se siente como una puerta entreabierta: de un lado, la banda ruidosa y post-hardcore de sus primeros años; del otro, el grupo que iba a redefinir la electrónica indie en los 2000. 12 está justo en el medio.
Es como ver un laboratorio en movimiento: continúa habiendo distorsión, pero más limpia, la voz aparece más recogida, las guitarras menos afiladas, la forma más cuidada. Y por primera vez asoma el rayo de sol del modo mayor, ciertamente poco presente en un grupo tan introspectivo como melancólico. Nada encaja del todo, pero todo es prometedor. Es el momento en el que The Notwist empieza a estirarse, a desordenarse con intención, a probar cuánto ruido y cuánta melodía puede soportar una misma canción sin caerse. Fue la primera vez que trabajaron con Martin Gretschmann, un programador obsesionado con su sampler Akai que, sin querer, les abrió la puerta a un universo completamente nuevo.
Aguirre – Aguirre III

Después de la despedida de Virus en el estadio de River Plate, en 1990 emerge de los restos un nuevo grupo llamado Aguirre con la participación de Mario Serra, Pablo Tapia, Marcelo Moura y Alejandro Fernández Lecce. Y pese a la herencia de Virus, no reciben el mismo trato ni difusión que otras de las muchísimas bandas de la época con menos pedigree. Su sonido que ni era ochentero como para recordar a Virus ni moderno como para insertarse en la escena del nuevo rock argentino, Aguirre hacía rock n roll. Editan dos discos en la primera mitad de los 90s y para 1995, momento de su tercer album Aguirre III, ya tenían una formación completamente diferente y hacen un disco bastante más moderno, generando algún clásico del rock alternativo argentino.
Half Man Half Biscuit – Some Call It Godcore

En 1995, Half Man Half Biscuit ya se había acomodado en un ritmo extraño y maravilloso: cada tanto aparecía un disco nuevo, lleno de letras afiladas, humor británico corrosivo y ese folk punk raro que Nigel Blackwell manejaba como nadie. Some Call It Godcore, su quinto álbum, abre con dos golpes directos a la mandíbula: “Sensitive Outsider”, retrato mordaz del tipo pretencioso que se cree profundo en recitales acústicos, y “Fretwork Homework”, una mini épica escolar que levanta sin culpa un riff de AC/DC. Todo ese universo tan propio —los perdedores adorables, la ironía infinita, las obsesiones pop— está ahí desde el primer minuto en este disco cargado de referencias religiosas.
A lo largo del disco, Blackwell sigue acumulando personajes que parecen salidos de una sitcom oscura de la BBC: el fan de Styx avergonzado, los pibes en su primer recital, los músicos que sueñan más de lo que tocan. Y entre tanta burla, siempre aparece un gesto inesperado de ternura, como si detrás de cada chiste hubiera una empatía sincera por quienes no encajan en ningún lado. El trasfondo también pesa: Half Man Half Biscuit venía de una historia rara incluso para los estándares del indie británico. Debutaron en los 80, se hicieron de culto gracias a John Peel, vendieron muchísimo para un grupo que parecía no querer vender nada y, cuando estaban por explotar, se separaron sin aviso. Volvieron en los 90, más tranquilos, más sueltos, y Some Call It Godcore captura precisamente esa segunda vida: una banda que no busca encajar, que no suena a nadie más, y que encuentra en sus propios márgenes el mejor material para reírse —y de paso, emocionar un poco también.